Cecile McLorin Salvant y los nietos traviesos del jazz

Érase una vez un grupo de niños juguetones que cuando sus padres los dejaban en la casa de sus abuelos músicos rebuscaban en el desván. Allí descubrieron discos viejos de Cole Porter, Buddy Johnson o Burt Bacharan y nostálgicos instrumentos de gloriosas noches de humo y club con los que jugar a ser mayores.

El travieso y avispado el pequeño Sullivan escalaba al piano mientras masticaba chicle. Paul hacía malabarismos sobre el taburete para que el bajo no se le cayera encima. Kyle marcaba el ritmo aunque no supiera muy bien cómo agarrar las baquetas. El grupo lo completaba Cécile que cantaba con voz de trapo y acento francés. Y como si Charlie Brown, los Peanuts y Mafalda se hubieran conocido en alguna tira de cómic decidieron hacer una banda de jazz cuando se hicieran mayores.

El jazz fresco y natural de Cécile McLorin Salvant no necesita gorgoritos para sacar todo el brillo al repertorio de sus abuelos. Sobre sus zapatos amarillos de tacón redondo y sus gafas de pasta blanca  rejuvenece un repertorio jazzístico clásico al que en La mar de Músicas no faltaron guiños a su cultura francesa que la vió crecer, ni tampoco a la tradición del festival con una versión de “Gracias a la vida” de Violeta Parra llena de sensibilidad y belleza.

Cécile McLorin Salvant, a pesar de su juventud, es ya una de las grandes voces del jazz contemporáneo, y lo hace desde la naturalidad y la frescura. Con el Grammy de 2018 al mejor Disco Vocal de Jazz por “Dreams & Daggers” confirma lo que ya apuntó con el mismo premio en 2016 con “For One to Love”.

Sobre el escenario de Cartagena estuvo acompañada por Sullivan Fortner al piano, que ha aparcado durante esta gira europea las actuaciones en solitario de su álbum “Moments Preserved”, Paul Sikivie en el bajo y Kyle Poole como batería. Sullivan es el sobrado del grupo. Se muerde los padrastros entre canción y canción, mastica chicle descaradamente, toca canciones con una mano y pose de vago, puro show americano que no es capaz de esconder las largas horas de trabajo y el dominio total del instrumento. Paul Sikivie, a lo James Dean, bebe cerveza haciéndose el duro, estrena traje de rompecorazones y asume el rol de trascendente. Kyle Poole completa la banda a la batería. Es como el pequeño del grupo al que le toca ser el portero del equipo porque nadie quiere serlo. Sufre en la batería como si estuviera revolcándose por el suelo de barro. Todo sumado da un resultado sorprendente, vivo, fresco y sobre todo muy creíble que agradeció el público que llenó el aforo del nuevo escenario del Patio del Antiguo CIM (Facultad de Ciencias de la empresa).

Desde luego que este escenario no es el de la añorada Catedral Antigua, pero está a la par del Patio de Artillería, incluso ofrece más juego para esos toques decorativos elegantes que tanto encanto dan siempre a La Mar de Músicas. Se agradece mucho el detalle de disponer de empanadillas de Davó en la discreta barra, lo que hizo posible mantener el frenético y brillante ritmo del programa de ayer. La actuación de Cécile McLorin Salvant completaba un cartel cien por cien femenino, pues fue precedida de un explosivo concierto de Nathy Peluso en la Plaza del Ayuntamiento y antecedió a un memorable Premio La Mar de Músicas con Totó La Momposina brillando sobre el escenario de El Batel. Pero esas son otras historias que merecen la pena contarse aparte.

Cécile McLorin Salvant (voz), Sullivan Fortner (piano), Paul Sikivie (bajo), Kyle Poole (batería) actuaron el lunes 23 de julio de 2018 en el Patio del Antiguo CIM (Facultad de Ciencias de la empresa) dentro del programa del festival de La Mar de Músicas.

 

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