Ladrón de bicicletas (II): Una Roma neorrealista después del sueño fascista

“El 28 de abril de 1945, mientras Mussolini se balanceaba, colgado boca abajo, en una plaza de Milán, Hitler estaba acorralado en su bunker de Berlín.” (Eduardo Galeano, Espejos)

Era 1948, una Italia que había vivido más de veinte años la gloria y caída de Benito Mussolini. Una Italia que había perdido que, a pesar de haber perdido la Segunda Guerra Mundial, había quedado ubicada paradójicamente en el bando de los ganadores. Una economía destruida y un desempleo difícil de asimilar. Pobreza y miseria que oficialmente era atribuida a los desastres del fascismo, pero que la sociedad masticaba de maneras diversas. Al mando seguían los mismos.

Vittorio de Sica durante la SGM trabajó para el papa Pablo VI e incluso algunos biógrafos lo sitúan en el centro del proyecto de Goebbels de crear un gran cine fascista italiano.

Con estos mimbres se empieza a trazar el cesto del neorrealismo que como podemos leer en la biografía de Fellini transforma la mirada de los cineastas: “En el viejo realismo, los objetos y el medio tienen una realidad propia, funcional o aún poética. En el nuevo realismo, toman un valor autónomo investidos por la mirada de los personajes.”

Contrariamente a lo que ocurrió en los países centroeuropeos y anglosajones, en el pueblo italiano no encontramos atisbos de la euforia del ganador. Destruido, dañado, pero orgulloso y con esperanza en un futuro mejor. La sociedad que nos presenta Ladrón de Bicicletas es insolidaria y abandona al ser humano a su suerte.

De Sica se acerca visceralmente al ser humano, lo pone en un escenario desolado y nos cuenta una historia de un ser que vaga por la ciudad como un vagabundo y que se sabe derrotado por la fatalidad de un héroe clásico anónimo. Al fin y al cabo, ¿quién está libre de que un día le quiten la bicicleta?

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