Ladrón de bicicletas (V): La ciudad

Se acabó el sueño del Hollywood europeo en Cinecittà y Ladrón de bicicletas está rodada en escenarios reales de una Roma semidestruida por la Segunda Guerra Mundial. No es la Roma de los césares ni las calles engalanadas de la Italia fascista. Es un país derrotado y hundido en la miseria. Desolado por unos y devastado por los otros. No hay dinero para la reconstrucción y la gente sobrevive.

Es Roma, pero podría ser cualquier ciudad. Podría ser Madrid. Las ciudades en ese tiempo tenían un límite, una frontera. Había una división clara entre la ciudad y el campo que las rodeaban. Algunos bloques de materiales pobres construidos para los trabajadores más humildes estaban situados literalmente en mitad del campo. Sin servicios básicos como el agua potable y con calles de polvo. Sin alumbrado público y rodeados de descampados. Peor eran aún la situación de los barrios pobres que quedaban dentro de la ciudad como en el que viven la banda de ladrones en el que solo vivían aquellos que ni siquiera tenían la condición ni la posibilidad de ser obreros.

Los planos generales nos van relatando la diversidad de una ciudad y la escala social de cada una de ellas. El centro burgués donde es enviado Antonio a pegar carteles de Gilda y donde radica la felicidad, el extrarradio obrero donde vive, los barrios marginales donde moran los que no tienen oficio ni escapatoria.

Una ciudad poliédrica y rica. Poesía urbana donde Vittorio de Sica ubica con planos generales verdaderas coreografías de extras. Escenas que narran la vida cotidiana de la ciudad como la de los barrenderos limpiando las calles, el laberíntico mercado que es capaz de aparecer y desaparecer al ritmo de la lluvia, la salida del estadio o la persecución del anciano que va buscando su sopa boba.

Roma está casi a la altura de París y ha sido escenario de grandes historias cinematográficas. Como no poner en la balanza y comparar esta Roma con la Roma glamurosa que retratará Fellini quince años después en (Fellini, 1963), la decadente ciudad de El vientre del arquitecto (Greenaway, 1987) o La grande bellezza (Paolo Sorrentino, 2013). Pero quizá ninguna es tan real como la Roma de Vittorio de Sica, aunque en ella no aparezca ni el Coliseo ni el Panteón, ni La Fontana de Trevi.

Pocas veces se ha retratado tan magistralmente una ciudad como en Ladrón de Bicicletas que sigue siendo la base del retrato urbano y de cómo integrar a la ciudad mezclando actores, extras y habitantes anónimos. Desde las calles solitarias de la Finlandia de Aki Kaurismäki al Tokio en Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003), pasando por la futurista Blade Runner (Ridley Scott, 1982), beben en cierto modo de la Roma retratada por Vittorio de Sica.

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