El maravilloso sindiós de María Rodés en La Mar de Músicas

María Rodés tenía todo en su contra en su concierto de La Mar de Músicas. Por si no era suficiente ser una sustitución de última hora de Natalia Lafourcade que parecía metida con calzador, se añadía que se anunciaba con un repertorio clásico de coplas en el día gratuito del festival. Su actuación se celebraba entre la maravillosa resaca que dejó el homenaje a Omara Portuondo y el éxtasis que se esperaba en el macroconcierto de Goran Bregovic. Mal pintaba.

Se presentó con una banda más cómoda con distorsiones y moderneces que con compases verbeneros. Mal. Muy mal pintaba. Frente a las voces poderosas de la Jurado o la Pantoja, María Rodés tiene voz de niña escondida bajo la mesa que tararea las canciones de la radio. Mal. Esto iba de mal en peor.

Se anunciaban coplas como puñales sangrientos y en el escenario no había batas de cola ni excesos teatrales. Lo que encontrabas era una voz frágil en un cuerpo frágil que vestía un vestido discreto, se tapaba la cara tímidamente con el flequillo y que como toda concesión a la tradición lucía un discreto clavel en el pelo. Y que además anunció que iba a mezclar la copla con su repertorio de moderneces y ruidos.

Se presentía que de un momento a otro podía aparecer el amanacentista cabo Gutiérrez vestido de oliva y tricornio dispuesto a disparar a la luna de Cartagena y gritar aquello de “Ya no aguanto este sin dios”.

Pero en lugar de eso, se produjo ese tipo de milagros que hacen de La Mar de Músicas un festival tan especial. María Rodés se fusionó perfectamente con su alter ego Tirirureta y la “música que dice cosas” empezó a manar del escenario hacia el público inundando de sentido todo esa mezcla que hasta ese momento parecía caótica.

Las letras de la copla, tan rudas y violentas, cobraban un nuevo sentido en la voz llena de matices de María Rodés. Se estaba produciendo la magia de parecer que estas canciones estaban escritas para ella mientras que el público empeza a sentir que estaban escuchando copla de verdad, con una verdad mucho más verdadera que la de los golpes en el pecho.

El aceite y agua irreconciliables que parecían la copla y las composiciones propias quedaban perfectamente ensambladas por la banda liderada por Guillermo Martorell que acompañaba a María Rodés. Distorsiones, ruidos y electricidad creaban una atmósfera que resaltaba la guitarra española. Y lo que parecía imposible pasó.

La luna salió por el lado contrario, pero salió. Que no es poco. O es un mucho, porque el concierto de María Rodés en la Catedral de Cartagena fue una de esas maravillosas perlas que nos tiene reservadas siempre la Mar de Músicas.

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