Una teoría desde las emociones

Teníamos una vista inigualable; espiritual pero palpable… y hablo de aquella montaña, tan ruda por el sur pero aún más noble por la norte, en la que al crepúsculo del atardecer resplandecía el anaranjado azafrán al lado de su amada flor que alargaba aquella atmósfera con su color morado azulado.

Entonces nos convertimos en verdaderos querubines, al descansar en lo alto de las nubes, para destellar entre las estrellas como los meteoros por la madrugada, desde el Pico de Orizaba, la cúspide más alta de nuestro país; México, en la que se unifican amistades y conmemoran solemnemente la existencia, la supervivencia, el afán, el sacrificio, el éxito… y logramos penetrar en el interior de la vida.

Y durante el descenso, llega una chispa fugaz en mi pensamiento que cree que no es escéptico pensar en lo irracional que pueden llegar a ser los miedos, aquellos que muchas veces impiden a los seres humanos hacer o cumplir objetivos, pero que también tiene un papel eficaz al tratarse de la supervivencia de las especies, sin embargo los considero como un muro que evita desarrollar potenciales humanos, que no titubea para emplear las emociones negativas para chantajear conciencias y restringir comportamientos que limitan la existencia y la explotación de la felicidad.

Lo único que nos queda, es aprender a “decidir”, desde la esencia que permite a cada uno ser tan único, produciendo emociones positivas y transmitirlas entre nosotros, creando acciones que sean el reflejo de esas emociones, con pleno uso de la razón para cambiar la negatividad y convertirnos a nosotros mismos, en aquel éxito que costó tanto esfuerzo al subir una montaña, y regresar con la humildad suficiente que no admite marginación entre las clases sociales y la distinción de razas, siguiendo explotando la aguda sensación de todos nuestros sentidos sin límites en aquella pasión, unificando la vida misma.

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